Cursos: el valor de lo recíproco

Lo que llevamos a cada curso

En algún momento del siglo XVIII, Juan Jacobo Rousseau , conocido pensador suizo inquieto por la naturaleza de los hombres y la vida en sociedad, creía que la esencia primaria de las democracias modernas se explicaban a partir de su célula: la asamblea libremente constituida por la voluntad de los hombres que decidían asociarse y delegar en otros el gobierno de sus asuntos. La luz de la historia y la filosofía comenzaron a mostrar el poder y la política desde otras perspectivas que dieron por tierra con su ingenuo pensamiento fraternal. No obstante ello, sus principios siguen siendo, a pesar del tiempo transcurrido, un excelente criterio moral para pensar nuestras acciones cotidianas hacia los otros, y pensar en cada acción grupal como una pequeña asociación en la que ponemos lo mejor de nosotros, por más nimio que parezca.

Las asociaciones humanas sólo funcionan si nos comprometemos y asumimos que el grupo somos nosotros y que "el otro soy yo también" –máxima que en estos tiempos puede sonarnos tan familiar como el lenguaje chino o el caldeo arcaico. Asumir esa máxima es el desafío más grande de cuantos imaginemos, porque implica romper con la cultura individualista del "toco y me voy" propia de las grandes ciudades, en donde el contenido de la palabra “cultura” se ha ido rellenando con el del “show”, donde más que participantes somos espectadores. El refrán popular alusivo a la calidad gastronómica de un restaurante, según se lo vea de afuera lleno o vacío, sostiene que “A donde va la gente, va Vicente.” Sin embargo, no siempre es recomendable seguir a Vicente al adentrarse en el terreno del ocio creativo, que es si se quiere el sello distintivo de los cursos que aquí se ofrecen, más vinculados a la suave tertulia que al espectáculo bullicioso.

Las tertulias necesitan de cada uno de nosotros para existir y nos valoran por lo cualitativo. En cada reunión sigue encarnándose el inmortal espíritu asociativo de las célebres veladas que cobijaban, en un mismo espacio, las bellas letras del libro y las suaves melodías del piano. Se avisaba por carta con dos días de anticipación y nadie faltaba. Nadie. ¿ Es que había antes menos cosas que hacer ? No lo sabemos, ni tampoco si importa. Lo que sí, que la humanidad ni la buena educación deberían suspenderse por lluvia, ni su ausencia justificarse como mal de época o moda social...porque al fin y al cabo la “sociedad” somos nosotros y la moda no debería intervenir en la conducta del alma. Al curso vamos, pues, con nuestro compromiso.

Lo que nos traemos de cada curso

¿ Por qué participaría en un curso ? A más de uno la pregunta le parecerá innecesaria. Sin embargo, con cierta ansiedad y luego de haber dictado muchos talleres, decidí finalmente hacérmela, y sin precipitación me propuse contestarla del modo más cabal y sincero. Tras varios días de caminatas matutinas y vespertinas, haciendo memoria de lo vivido en los encuentros, y prestando particular atención a las vivencias más insignificantes, transcribo recién hoy, de la manera más fiel posible, todos aquellos porqués surgidos en el paseo, a mi modo de ver muy atinados a la hora de saber qué me puedo traer de cada curso y así acallar la inquietud “ ¿ Por qué participaría en un curso ?”

-Porque mejoraron mi autoestima y comprobé que los ambientes "intelectuales" son accesibles y placenteros
-Porque pueden congeniar en una misma mesa tanto el iniciado y el curioso como el autodidacta y el metódico
-Porque escuchándonos unos y otros mejoramos la comunicación humana, haciendo uso del argumento y la razón para iniciar nuestras preguntas o defender nuestras opiniones
-Porque muchos prejuicios que tenía de mí y los demás se esfumaron y logré una mayor apertura mental
-Porque logré satisfacer intelecto, alma y sociabilidad a un mismo tiempo